CUANDO EL COMUNICADOR ES UN SERVIL!

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Todo servicio exagerado es ‘servilismo’, en cualquier actividad social, en cualquier relación humana.

Pero la actividad en la que más sobresale la cepa servil es en la periodística. Y ahora, en la era digital, con más fuerza, por la grasera presencia de los ‘comunicadores’ en las distintas plataformas digitales, entendiendo en sentido amplio, que todo el que habitualmente comunica opinión o información es comunicador.

Pero en sentido estricto, al concepto periodismo se le han agregado o se le han fusionado una serie de significantes, que otrora guardaban distancia del término original con el que se identificaba al Periodista; verbigracia el concepto reportero. Hoy el vulgo no diferencia al periodista del reportero, ni siquiera del camarógrafo. Y van por ahí todos remezclados en un merengue, todos manosiaos.

Julio Llamazares en su libro ‘En Babia’ (1991), plantea con acierto axiomático que en el ejercicio tradicional del periodismo, la meta de todos los que ejercían esa profesión era convertirse en escritor, culminar el ejercicio con la publicación de por lo menos un  libro. Hoy a treinta años de esa afirmación, la meta es hacerse ricos, arribar a la dolce vita,  al estilo de vida frívolo y placentero, al lado de algún poder económico o político.  De  espaldas al cualquier rendimiento moral y ético, por nimio que sea.

En las naciones subdesarrolladas, la preparación académica ha sido sustituida por la frivolidad, no por decisión propia, sino   por exigencia del mercado laboral. Veamos por qué:

Resulta que el mayor empleador es el Estado, directa o indirectamente, en torno a ese poder político giran como polillas todo tipo de busca vidas mediocres, porque al poder lo que le importa son repetidores de información, independientemente del valor de la verdad de la noticia transmitida.

Al Estado le importa más la sumisión que la capacidad, por eso los prefiere serviles de pura cepa, besa manos, dóciles de espinazo, ignaros, cuneteros y sopla gaitas. Porque al final lo que se persigue no es tener al lado a un periodista sino ‘informador’ a un decidor de cualquier cosa que sirva para tumbar polvo, a un eunuco cerebral, etiquetado de servilismo, dispuesto a libar de un trago la copa de saliva.

La  mayoría ejerce el periodismo mal pagado, porque las limitantes de su anquilosada capacidad los obliga a depender de un salario humillante y a mantener con vida el vínculo de necesidad, con el político de igual ralea, el que prefiere un alago a un consejo, el que prefiere un gesto de obediencia a un aporte profesional.

El Estado es la incubadora en la que se empolla el servilismo del periodismo, que poco a poco se va transformando en el sepulturero del politicastro de décimo novena categoría, el que sólo busca el poder para inflar su ego y su bolsillo.